24 febrero 2012

Primero, las personas

A todos nos gustaría estar en empresas con altos niveles de productividad y eficacia, donde también esté clara la primacía de las personas y las relaciones humanas. Alfonso Nieto, nuestro maestro, sabía crear esos ambientes de trabajo intenso y, a la vez, gran cercanía.
La vida en el Departamento que dirigió estaba marcada por su presencia, alentadora y exigente al mismo tiempo. Alentadora porque abundaban las risas, el sentido del humor (fomentado por una actitud ligeramente socarrona) y sus amenos relatos. Exigente porque brillaban sus hábitos, que procuraba fomentar en los demás con su incansable pasión por aprovechar el tiempo. Era también una vida muy humana, porque el afecto y el respeto impregnaban el ambiente.
Encontraba tiempo para los que acudían a visitarle. Practicaba lo que podríamos llamar “política de puertas abiertas”. No recuerdo que dijera nunca que no tenía tiempo para charlar un rato. A veces aparecía también por otros despachos para preguntar dudas o modos de expresar una idea en inglés, o para aclarar un concepto. A pesar de la distancia de edad y sabiduría, nos trataba como sus colegas y trabajábamos juntos. Le recordamos en las reuniones de investigación escribiendo en sus cuadernos: siempre le interesaban las ideas de los demás.
Tenía especial talento para hacer memorable lo cotidiano. Por eso tantos recuerdan palabras que les transmitió en esas conversaciones de su despacho de la Biblioteca. Para empezar, tratar de llegar antes que él por las mañanas era misión imposible. Y los sábados por la mañana, allí estaba también, trabajando con sus libros y artículos, con música clásica de fondo.
Hablar del Departamento que construyó es hablar de la investigación en Empresa Informativa, pero también del calor humano, afecto y alegría que había a su alrededor. Quizá la “institución” que refleja mejor ese clima es “el café de las once”. Los que no tenían clases u otros compromisos se reunían para hablar de la industria de los medios, la actualidad informativa, la historia de la Universidad, el tiempo y los relojes...También se celebraban cumpleaños en torno a un café, unas galletas o bombones que alguien (otra tradición que “impuso” cordialmente Don Alfonso) había traído de su último viaje. La sala de reuniones fue adquiriendo un clima cada vez más cordial, también porque allí fuimos guardando algunos recuerdos de su familia. Especialmente dotado para la amistad, le gustaba a veces organizar comidas. Con él compartimos almuerzo en Napardi o en el Mesón del Camino, en Enériz, o en Ujúe.
Experto en llevar tesis a buen puerto (como demuestran las 23 que dirigió), permitía que luego sus doctorandos volaran solos (y, por tanto, que nos equivocáramos). Era un espíritu libre, no le gustaba imponer sus puntos de vista y nos dejaba hacer.
Trabajo, afecto, buen humor, alegría, respeto, afán por aprender, libertad y aprovechamiento del tiempo. Son los rasgos del Departamento que inventó Alfonso Nieto.